El presidente del BID, habló del optimismo basado en datos

La máxima autoridad del Banco Interamericano de Desarrollo participa de la Asamblea junto a cientos de personas que se inscribieron.

Publicada el jueves 22 de marzo de 2018

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Más de 6500 personas participan de la Asamblea del BID que comenzó a desarrollarse en el Hotel Intercontinental de Mendoza. Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo desde 2005, ya que en 2010 fue reelegido en este cargo, es diplomático, periodista y hombre de negocios, con grandes expectativas para la puesta en marcha de ideas vanguardistas.

Moreno también preside el Directorio Ejecutivo de la Corporación Interamericana de Inversiones (CII) y el Comité de Donantes del Fondo Multilateral de Inversiones (FOMIN), todas estas entidades que son parte del BID.

"Soy afortunado, porque gracias al BID, puedo interactuar con cientos de personas en todos los países de nuestro hemisferio, donde constantemente se hacen preguntas como estas. Nos encanta comparar el pasado con el presente y discutir por qué estamos mejor o peor. Y, por supuesto, todos queremos saber lo que traerá el futuro

Gracias a los avances en la informática y las comunicaciones y al desarrollo de nuestras sociedades…hoy tenemos mucha más información para contestar esas preguntas.  De hecho, vivimos en un océano de datos, indicadores y pronósticos. Sin embargo, lo que me llama la atención, es que nuestra percepción de la realidad no siempre es objetiva. Les doy un ejemplo:

Recientemente la encuestadora Pew Research hizo un estudio en 50 países, preguntándole a la gente si la calidad de vida está mejor o peor que hace 50 años.

Miren los resultados. En Asia y en Europa, en general, piensan que están mejor en la actualidad.

En América Latina participaron estos 8 países. Salvo en Chile, todos opinaron que estábamos mejor hace 50 años. Dicho de otra manera: en nuestros países, una mayoría de la gente piensa que el pasado fue mejor. Hagamos un poco de historia.

1968 fue un año de convulsiones en todo el mundo, pero particularmente en América Latina. Ese año, 100.000 estudiantes universitarios marcharon por las calles de Río de Janeiro para protestar contra la represión militar. Fue una de las mayores manifestaciones que había visto ese país en su historia.

En México, la agitación social culminó en la Matanza de TLA-te-LÓL-co, en donde murieron unos 300 jóvenes. Y aquí mismo en la Argentina se estaba acumulando el descontento, que pronto estallaría en el Cordobazo. 

¿Por qué había tanta bronca, como dicen aquí? Protestaban contra los gobiernos autoritarios, que pronto serían mayoría en nuestra región. Pero también protestaban contra las injusticias sociales, y las cifras muestran por qué:

En el año 1968, casi la mitad de los latinoamericanos eran pobres. Un bebé nacido ese año tenía una expectativa de vida de apenas 57 años.  Uno de cada tres adultos no sabía leer, y la brecha género en educación era abismal.

 En Perú y Bolivia, por ejemplo, el analfabetismo entre mujeres era 20 puntos porcentuales mayor al de hombres. Decenas de millones de latinoamericanos no tenían ni electricidad ni agua potable en sus hogares. Para muchos, el televisor era un lujo inalcanzable. Y ni hablar de un automóvil.

¿Viajar en avión? Eso era para ricos y famosos.

Entonces, ¿cómo puede ser que sintamos nostalgia por los años 60? 

Los psicólogos lo explican como un fenómeno cognitivo. Los seres humanos exageramos las memorias positivas y borramos las dolorosas. En términos futbolísticos, siempre nos acordamos de los campeonatos que ganamos… y tratamos de olvidar los que perdimos. La psicología también nos enseña que le damos más peso a los problemas que nos preocupan hoy, que a los que logramos resolver en el camino.

Por ejemplo, a todos nos preocupa la reciente expansión del virus del Zika. Gracias a Dios, esta enfermedad ha causado muy pocas muertes hasta ahora. Pero quién recuerda la viruela? Se calcula que en el Siglo XX ese virus causó la muerte de más de 300 millones de personas. Trescientos millones!

Y si no fuera por una campaña mundial de vacunación que logró la erradicación total de la viruela en los años 70, esa enfermedad seguiría siendo una amenaza infinitamente más grave que el Zika. Podría citar muchos otros ejemplos de grandes avances que hoy damos por sentado. Estamos indiscutiblemente mejor en casi todos los órdenes de la vida: libertad, educación, salud, vivienda, seguridad, alimentación, esparcimiento. Y aunque es natural que ajustemos nuestras expectativas hacia arriba y que nos concentremos en lo que todavía nos falta, me preocupa que estemos habituados a ignorar o subvalorar el impresionante progreso que hemos logrado.

Temo que esta miopía esté distorsionando nuestra visión de lo que podemos lograr en el futuro. Imaginemos que en el año ´68 nuestros padres hubieran participado en una encuesta sobre el futuro. ¿Habrían creído que, para el año 2018, la expectativa de vida iba a aumentar en más de 20 años en nuestra región? ¿O que 95% de los latinoamericanos vivirían en democracias?

¿Les habría parecido posible que una mayoría de latinoamericanos sería de clase media?

¿O que el analfabetismo habría desaparecido, y que la educación primaria y secundaria sería casi universal?

¿Habrían creído que en nuestras universidades habría más mujeres que hombres?

¿O que, en vez de esperar años y años para que les instalaran un teléfono en casa, todos tendríamos un celular?

¿Y hubieran creído que 250 millones de latinoamericanos viajarían por avión cada año?

Esa melancolía que nos hace amar el tango probablemente hubiese nublado sus expectativas sobre el futuro. Y eso, sin duda, nos está pasando hoy.

Encuestas como Latinobarómetro muestran un deterioro sostenido de la confianza en la democracia, en los partidos políticos… y en nuestros propios vecinos.

Y esto no nos pasa sólo pasa a los latinoamericanos.

En todo el mundo se escucha un debate sobre las percepciones distorsionadas, y sobre cómo esto limita nuestra capacidad de lograr consensos para resolver grandes problemas.

Yo creo que todos tenemos la responsabilidad de mirar más allá de los titulares, de estudiar los datos y celebrar esta historia de progreso. Porque si nos obsesionamos con las malas noticias que recibimos a diario, perdemos la capacidad de entender cómo ocurre el cambio. 

Recordemos que las transformaciones que acabamos de repasar no sucedieron espontáneamenteFueron el fruto de las decisiones y los esfuerzos de personas que hicieron aportes pequeños, casi imperceptibles, al bien común. Maestros, albañiles, ingenieras, periodistas, artistas, policías, científicos, empresarias, carpinteros, doctoras y jueces.

Personas que poco a poco, y a lo largo de muchos años, contribuyeron a mejorar una comunidad y a construir un país. Pienso en la gente de Montevideo, una ciudad cuya bahía estaba terriblemente contaminada, hasta que decidieron recuperarla. Les tomó 30 años de inversiones. Pero hoy la Rambla es un hermoso punto de encuentro y orgullo para todos los uruguayos.

Pienso en Chile, un país sin gas natural o petróleo que en escasamente 10 años se ha convertido en un líder mundial de laenergía renovablePienso en Brasil, que gracias a medio siglo de investigación biológica, logró revolucionar la productividad de la agricultura tropical.

Pienso en Argentina, que se ha mantenerse en la vanguardia de la ingeniería nuclear, y hoy exporta tecnología y valor agregado. Detrás de cada uno de estos logros hay miles de mujeres y hombres cuyos nombres probablemente no recordamos. Ellos, para mí, son los verdaderos héroes del desarrollo.

Y cuando pensamos cómo podrían ser los próximos 50 años, debemos inspirarnos en ellos. En el BID sentimos un enorme orgullo de haber contribuido a muchos de estos esfuerzos con financiamiento, pero también con ideas, innovaciones y conocimiento técnico.

Nos encanta ser parte de proyectos ambiciosos y complicados. Y nos fascina trabajar con gente en la vanguardia del cambio, gente que se entrega con pasión a emprendimientos que le mejorarán la vida no sólo a sus contemporáneos, sino a la próxima generación.

Hoy vamos a conocer a algunos protagonistas de este tipo de cambio. Pioneros que impulsan nuevas soluciones a desafíos como la movilidad, los empleos del futuro, y las ciudades como polos de atracción para las industrias creativas.

También vamos a conocer las visiones de jóvenes idealistas con la entrega de premios de BID Urban Lab, un concurso en donde invitamos a equipos universitarios a proponer soluciones integrales a problemas de nuestras ciudades.

Para estos jóvenes, el año 2068 no es una abstracción. Es un destino que esta acá a la vuelta.

Espero que disfruten esta edición de Demand Solutions, nuestra plataforma para ayudar a transformar el futuro, a través de innovaciones que suceden hoy".  

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